Miré por la ventana, alguna nube aislada pasaba por el incansable cielo, pero no parecía amenazar lluvia alguna, así que decidí salir en mangas de camisa. Agarré el maletín, giré el pomo y salí corriendo por las escaleras. Al llegar abajo le pedí al botones que me sacara el coche (esta vez no le di propina, no es que sea un áspero tiñoso, pero no siempre hay que estar soltando la guita).
Salí pitando de allí, pero, qué poco sorpresivo, había atasco en Joaquín Costa. No fue muy prolongado, pero sí lo suficiente para perder cinco valiosos minutos.
Llegué a Barajas y pensé: "¿Y a que hora tenía que estar yo aquí? ¿En qué terminal? (y como dice la canción "Marieta" de Krahe, "y yo allí con mi maletín como un gilipollas...")". Pero parecía ser que mi pagador era un hombre oportunista y fue en ese momento cuando sonó el teléfono. Contesté con un amistoso: "Dime", no había mirado siquiera quién era, pero era tan fácil de imaginar... tan fácil que no me equivocaba. Simplemente me dijo "Entrada de la T4 en ocho minutos". Soy un hombre que aprende de los errores, me abstuve de darle conversación inútil. Salí del coche y me fui a la entrada de la T4, que, casualmente, no quedaba demasiado lejos. Pero... ¿qué hacía yo allí? ¿Esperaba a alguien? ¿No? Esperaba que sonara el teléfono, pero esta vez no lo hizo, así que me quedé allí plantado, con mi estatura sobresaliente del resto, así que me agaché un poco para no destacar.
Después de esperar un rato, estaba ganando la paciencia que siempre me había faltado, un hombre de pequeña estatura, delgado, bigote, sombrero de hongo, chaqueta oscura... un "dandy" en toda regla. No me dijo nada, por lo que supuse que yo tampoco tenía que decirle nada, me entregó un papel en el que ponía: "Jamás estuviste aquí, vuelve a casa". ¿Pero de qué iba esto? ¿Me estaban tomando el pelo o me estaba volviendo loco?
Como ya no sabía qué pensar, ni siquiera sabía si me acordaba de cómo se pensaba o de qué era ese magnífico verbo, volví al hotel. Al llegar había una pintada en la puerta de mi habitación: "GO OUT!" y todo revuelto por dentro. Parecía que alguien me estaba buscando, y por sus formas de dármelo a entender no parecía demasiado educado, y posiblemente tampoco español. Me quedaba la opción de regresar a casa, y ante la duda, lo hice.
La casa volvía a tener puerta, ¿yo la había puesto? No lo recordaba, ni tampoco recordaba haber estado ebrio de licores... Entré, y mi cara era digna de admiración, todo un poema de Manuel Machado...
Cada uno de estos capítulos, junto a otros más, hasta finalizar la historia, se publicarán en un tiempo. Ya avisaré cuando.
lunes, 8 de octubre de 2007
sábado, 6 de octubre de 2007
Pagando mis condenas
Pagando mis condenas
Cayeron a pedazos mis mentiras
por arte de la manzana de Newton,
sonidos de cadáver cuando expira
y tacto del dilema de tu busto.
Se pudre un corazón entre gusanos
que comen de sentimientos oscuros
y empanan los demenciados profanos,
disfrutan de ventrículos maduros...
Tiro el dado, un seis, ha huído la suerte,
se pierde el horizonte en la marea,
van sin remos, en botella, mis penas...
Mi litigio, el idilio ante la muerte,
me encuentro en los brazos de Melibea
pagando en efectivo mis condenas.
Volviendo a continuar
Aquella noche no podía dormir allí, ni mucho menos, así que decidí coger los objetos más valiosos que encontré por la casa, hice la maleta (pues no esperaba regresar en un tiempo) y me puse pies en polvorosa (provincia de Zamora).
Resultaba curioso verme por la calle trajeado con un elegante maletín de la mano izquierda y una maleta de mano granate en la otra. Para que nadie pudiera sospechar, o intentar robarme, me decidí a no coger el metro esta vez. Agarré el Ibiza rojo y me arranqué sin apenas soltar el embrague. Mi destino estaba claro, aquel hotel de Bravo Murillo del que tan bien hablaban unos, y tan mal otros, ¿por qué no dar yo mi opinión? Conducía... conducía..., el paseo se me hacía interminable. No mucho más tarde ya estaba a la puerta; no mucho más tarde, pues miré mi reloj y apenas habían pasado quince minutos. Y mi reloj no se suele equivocar. Me bajé del coche aparcado en doble fila y entré en el hotel bajo las reverencias del botones del hotel. No me gustaba ese trato, así que le dije: "Apárqueme el coche" (previa propina). Botones ahuyentado, me dirigí hacia la recepción: "Necesito una habitación". La recepcionista, una chica simpática, con la sonrisa de oreja a oreja, aunque tengo que reconocer que no demasiado guapa, me mandó rellenar unos papeles, entregarle el DNI... omitiré todos estos pasos, que todo el que haya ido a un hotel conocerá. En resumen, habitación trescientos doce. Subía en el ascensor con una pareja de alemanes, que a pesar de su cara sonrosada y de buena gente, no me inspiraban confianza. Agarré el maletín y dejé caer la maleta al suelo. ¿Estaba delirando? ¿Me importaban más las pertenencias de otra persona que las mías propias? ¿Qué habría dentro del maletín? Todo esto no me gustaba nada... así que en el primer piso, pulsé el botón de apertura automática de las puertas y decidí subir andando a mi habitación. Afortunadamente, no me crucé con nadie. Llegué a la puerta de mi habitación y la miré fijamente, desafiándola... me dispuse a introducir la tarjeta y... ¡rojo! ¿Rojo? ¡Estas nuevas tecnologías me hartan! Por suerte una señora de la limpieza pasaba por allí... así que me abrió. La habitación era bastanta amplia, con un ventanal grande y buenas vistas, cama con la colcha blanca (posiblemente recién estrenada), cuadros elegantes, televisor en el techo... no estaba mal, no... Me tumbé en la cama y empecé a reflexionar. Fue entonces cuando me sonó el móvil con aquel ruidillo estridente que era incapaz de cambiar. Era aquel tipo. "Tiene que llevar el maletín hasta el aeropuerto de Barajas, no lo olvide, no lo abra, no se lo enseñe a nadie..." No me dio tiempo a saludar, despedirme o proferir algún sonido gutural, fue breve, muy breve... además, parecía muy nervioso.
¿Por qué no continuar otra vez?
Resultaba curioso verme por la calle trajeado con un elegante maletín de la mano izquierda y una maleta de mano granate en la otra. Para que nadie pudiera sospechar, o intentar robarme, me decidí a no coger el metro esta vez. Agarré el Ibiza rojo y me arranqué sin apenas soltar el embrague. Mi destino estaba claro, aquel hotel de Bravo Murillo del que tan bien hablaban unos, y tan mal otros, ¿por qué no dar yo mi opinión? Conducía... conducía..., el paseo se me hacía interminable. No mucho más tarde ya estaba a la puerta; no mucho más tarde, pues miré mi reloj y apenas habían pasado quince minutos. Y mi reloj no se suele equivocar. Me bajé del coche aparcado en doble fila y entré en el hotel bajo las reverencias del botones del hotel. No me gustaba ese trato, así que le dije: "Apárqueme el coche" (previa propina). Botones ahuyentado, me dirigí hacia la recepción: "Necesito una habitación". La recepcionista, una chica simpática, con la sonrisa de oreja a oreja, aunque tengo que reconocer que no demasiado guapa, me mandó rellenar unos papeles, entregarle el DNI... omitiré todos estos pasos, que todo el que haya ido a un hotel conocerá. En resumen, habitación trescientos doce. Subía en el ascensor con una pareja de alemanes, que a pesar de su cara sonrosada y de buena gente, no me inspiraban confianza. Agarré el maletín y dejé caer la maleta al suelo. ¿Estaba delirando? ¿Me importaban más las pertenencias de otra persona que las mías propias? ¿Qué habría dentro del maletín? Todo esto no me gustaba nada... así que en el primer piso, pulsé el botón de apertura automática de las puertas y decidí subir andando a mi habitación. Afortunadamente, no me crucé con nadie. Llegué a la puerta de mi habitación y la miré fijamente, desafiándola... me dispuse a introducir la tarjeta y... ¡rojo! ¿Rojo? ¡Estas nuevas tecnologías me hartan! Por suerte una señora de la limpieza pasaba por allí... así que me abrió. La habitación era bastanta amplia, con un ventanal grande y buenas vistas, cama con la colcha blanca (posiblemente recién estrenada), cuadros elegantes, televisor en el techo... no estaba mal, no... Me tumbé en la cama y empecé a reflexionar. Fue entonces cuando me sonó el móvil con aquel ruidillo estridente que era incapaz de cambiar. Era aquel tipo. "Tiene que llevar el maletín hasta el aeropuerto de Barajas, no lo olvide, no lo abra, no se lo enseñe a nadie..." No me dio tiempo a saludar, despedirme o proferir algún sonido gutural, fue breve, muy breve... además, parecía muy nervioso.
¿Por qué no continuar otra vez?
jueves, 4 de octubre de 2007
Continuando... que es gerundio
Tras contarme todo, el hombre se dispuso a marcharse, me entregó un maletín, pero esta vez sí que me estrechó la mano, mi primer ademán fue el de retirársela, como ya antes él había hecho, pero decidí guardar mis malos modales para otro momento. Manos estrechadas, empezó a caminar hacia la puerta. Con la puerta entreabierta y medio cuerpo en la calle, se dio la vuelta y me gritó: "No se le ocurra abrir la maleta ni enseñársela a nadie..." ¿Por qué no podría enseñarsela a nadie ni verla? No soy muy de darle vueltas a la cabeza, así que decidí dejar de hacerme preguntas y hacerle caso. Al fin y al cabo el dinero que estaba percibiendo era suyo. Me dispuse a salir con mi maletín en la mano; la camarera me llamó mi atención: "¿Caballero, a dónde cree usted que va?" ¡No me había acordado!, tenía que pagar... así lo hice.
Decidí coger el metro en Puerta del Sol, realmente no es que mi casa, en la calle de Relatores (cerca de Tirso de Molina), quedara muy lejos de allí, pero no me apetecía gastar la suela de los zapatos. Allí en el metro desconfiaba de todo el mundo, desconfiaba del rumano que tocaba el acordeón, de la señora embarazada que llevaba a su hijo en brazos, del ciego que pululaba de un lado a otro... nada era de fiar, la maleta me hacía más escéptico, más subversivo... era como un frío y calculador francotirador. O yo, o yo. Llegué por fin a Tirso de Molina y bajé, salí de la estación, con los ojos puestos en cualquiera que por allí pasara, un inmigrante, me atrevería a decir que hindú, se me quedó mirando, así que me apresuré en marcharme de allí. Mi maleta me estaba haciendo perder el juicio. Por la calle, más de lo mismo, me aferraba a mi maletín, como el niño que se agarra a su osito de peluche para conciliar el sueño, intentando evitar que nadie se lo quite. Pero el tacto del cuero, no me daba ningún cariño, más bien todo lo contrario. Me corroía la intriga, pero a la vez el miedo. ¿Por qué habría aceptado el trato...?
Llegué a mi portal, intentando evitar las miradas indiscretas de mis vecinos, y en especial de la portera, doña Engracia. "Buenos días, doña Engracia, perdone que no me pare, pero tengo un poco de prisa". Me imagino que se quedaría sorprendida, porque siempre suelo pararme a departir con ella y no suelo ir vestido de punta en blanco y con un maletín bajo el brazo. Subí a mi piso, no me fiaba del ascensor, así que opté por darle vida a mis apoltronadas piernas. Pero al llegar a la puerta, descubrí que no había puerta tal y como la conocemos. Sí, el hueco seguía ahí, pero no así la madera... alguien estaba buscando algo...
Seguirá continuando.
Decidí coger el metro en Puerta del Sol, realmente no es que mi casa, en la calle de Relatores (cerca de Tirso de Molina), quedara muy lejos de allí, pero no me apetecía gastar la suela de los zapatos. Allí en el metro desconfiaba de todo el mundo, desconfiaba del rumano que tocaba el acordeón, de la señora embarazada que llevaba a su hijo en brazos, del ciego que pululaba de un lado a otro... nada era de fiar, la maleta me hacía más escéptico, más subversivo... era como un frío y calculador francotirador. O yo, o yo. Llegué por fin a Tirso de Molina y bajé, salí de la estación, con los ojos puestos en cualquiera que por allí pasara, un inmigrante, me atrevería a decir que hindú, se me quedó mirando, así que me apresuré en marcharme de allí. Mi maleta me estaba haciendo perder el juicio. Por la calle, más de lo mismo, me aferraba a mi maletín, como el niño que se agarra a su osito de peluche para conciliar el sueño, intentando evitar que nadie se lo quite. Pero el tacto del cuero, no me daba ningún cariño, más bien todo lo contrario. Me corroía la intriga, pero a la vez el miedo. ¿Por qué habría aceptado el trato...?
Llegué a mi portal, intentando evitar las miradas indiscretas de mis vecinos, y en especial de la portera, doña Engracia. "Buenos días, doña Engracia, perdone que no me pare, pero tengo un poco de prisa". Me imagino que se quedaría sorprendida, porque siempre suelo pararme a departir con ella y no suelo ir vestido de punta en blanco y con un maletín bajo el brazo. Subí a mi piso, no me fiaba del ascensor, así que opté por darle vida a mis apoltronadas piernas. Pero al llegar a la puerta, descubrí que no había puerta tal y como la conocemos. Sí, el hueco seguía ahí, pero no así la madera... alguien estaba buscando algo...
Seguirá continuando.
martes, 2 de octubre de 2007
Planes irreales
Entré en el bar, emplazado en plena Plaza Mayor de Madrid, aunque quizá por el olor que salía de dentro, no debería ser éste su lugar... camino lentamente entre las mesas casi pegando con sus esquinas y llegué a una mesa situada casi al fondo del local. La mesa no estaba mal, era amplia, aunque tenía al lado un grupo de viejecitas que no paraban de chismorrear. "Pues mi hijo está haciendo el servicio militar en Ceuta" decía una. "¿Qué me dices?" contestaba, asombrada, otra. Y así, un diálogo sin aparente interés del que pronto levanté los oídos. En cuanto a mi mesa, era de mármol, se veía bastante sólida y tenía un aire "manuelino", bastante recargada. Una camarera bastante poco agraciada y con cara de no ser este el trabajo que ella deseaba me preguntó que qué quería. Pedí un café, aunque no muy seguro de ello. Esperaba a mi interlocutor, pero éste no aparecía. Así que comencé a tomar el café sin esperar a su llegada. Me fijé en las paredes, estaban repletas de cuadros, cuadros ajados y posiblemente, sin ser tasador, afirmaría que de escaso valor. La gran mayoría siquiera conjuntaba con el verde pálido y saltado por algunas partes de la pared. Parecía que el local no podía reportarme mucho interés, así que decidí empezar a sorber mi café. Momentos después sonó mi móvil, las viejecitas de al lado me miraron con cara de pocos amigos, pues había interrumpido su conversación. Así que decidí salir fuera a hablar, pero la camarera me echó una mirada de pocos amigos, pensando en que me iría sin pagar, así que contesté al teléfono sin saber quién era con un "Luego te llamo". No pretendía hacerlo. Tan sólo me interesaba su llegada para poder marcharme de aquel antro. El tiempo pasaba, el borracho de tres mesas más allá apuraba una botella de güisqui, las viejecitas seguían con su conversación, y yo... yo seguía esperando... ¡Maldita sea! ¿Dónde se habrá metido este hombre? Fue en ese momento cuando se abrió la puerta y asomó la silueta de un hombre con gabardina, alto, buena percha, barbilampiño... sí, debía de ser ese. Se me acercó y le hice un gesto de estrecharle la mano. No lo aceptó. Se sentó, pidió una copa de coñac y empezó a contarme sus planes. Todo iba a ser sencillo. Según dijo, el trabajo estaría bien pagado, así que no dudé en pedirle que continuara, ese dinero me sería muy útil para mis planes de futuro. No me asustaba el riesgo...
Continuará...
Continuará...
lunes, 1 de octubre de 2007
El libro, la pequeña herejía del siglo XXI
Fotografía tomada el 1-10-2007; Un libro en mi escritorioPuede que el término herejía sea algo más propio del Antiguo Régimen francés, de Inquisiciones y Galileos..., pero para definir este caso, debo volver a su uso.
Se trata del fenómeno social, y que no para de crecer y extenderse a las nuevas generaciones, de rehuír al papel escrito. Esos papeles numerados por páginas que narran una historia (normalmente interesante, aunque como dice nuestra amiga madrileña, de vez en cuando Camilo José Cela eso se lo pasaba por el forro...) con sus ambientes, personajes, costumbres... ¿Qué han hecho estos escritores a los jóvenes? ¿La palabra es nociva? Como ya comentaba en el corto artículo en que contrastaba una imagen y una palabra, son los medios de comunicación. Problema. En estos tiempos que corren leer un libro no es bueno, te trastorna, cuando siempre había sido lo contrario, si exceptuamos a don Quijote (aunque teniendo en cuenta que es un personaje ficticio, es lógico). Desde Cervantes, pasando por Larra hasta Delibes o incluso más actuales. Siempre el ocio ha sido la lectura. ¿Qué es ahora? La televisión, el botellón (otro tema a debatir, el alcohol en la actualidad...)... ¿Qué ha sido de la cultura? ¿Es que Dios la ha guardado en el cajón de su mesilla y la ha quitado de nuestro alcance? Esto ya es cosa nuestra, de las tecnologías, es demasiado esfuerzo hacer algo sin ayuda de los "ceros y unos". Empezando por el vocabulario, que se debe haber quedado abandonado en una zanja en mitad del campo, pasando por la ortografía y la sintaxis y terminando con la cultura en general. Cultura que de vez en cuando puede proporcionar un libro. Y no me refiero a "Mortadelo y Filemón" (como cómic español) o "Mafalda" (como argentino), aunque el humor de vez en cuando tampoco está de más. Y existe el concepto erróneo de que todos los libros cuentan historias irrelevantes y aburridas, no es así. Un libro cuenta muchas historias, y no todos son iguales. Pasando por la novela policiaca, la amorosa, la de misterio y aventuras... no está tan mal.
Puesto a la práctica, ¿qué pasa cuando dices, "he leído un libro"? La cara de tu oyente puede ser un verdadero "Cristo" y un crisol (refiriéndose a una gran cantidad) de muecas. No se lleva, no. En cambio, si cambias un poco las palabras: "he ido a un botellón". Cambia la categoría de una forma para dejar boquiabierto al menos impresionable. Un libro es una fuente inagotable de cosas por descubrir, y sólo se descubre leyendo, en un botellón, no se aprende lo mismo, e incluso son compatibles. No me refiero a leer en un botellón (porque las condiciones visuales al rato no son muy adecuadas), pero sí alternar (¡no en un club, guarretes!).
Desde aquí comienza la campaña para introducir la lectura de los jóvenes. Y como joven que soy, me pongo como ejemplo de que se puede ser divertido y sociable y leer. La cultura no es mala, ni siquiera puede ser amenazada de guillotina.
Para concluír escribo unos versos:
Era un trozo de papel abandonado
que la suerte ha olvidado en la sombra,
no quería cumplir la casta de "intocable"
pero la escuela no escuchó su legado...
¡A leer!
Se trata del fenómeno social, y que no para de crecer y extenderse a las nuevas generaciones, de rehuír al papel escrito. Esos papeles numerados por páginas que narran una historia (normalmente interesante, aunque como dice nuestra amiga madrileña, de vez en cuando Camilo José Cela eso se lo pasaba por el forro...) con sus ambientes, personajes, costumbres... ¿Qué han hecho estos escritores a los jóvenes? ¿La palabra es nociva? Como ya comentaba en el corto artículo en que contrastaba una imagen y una palabra, son los medios de comunicación. Problema. En estos tiempos que corren leer un libro no es bueno, te trastorna, cuando siempre había sido lo contrario, si exceptuamos a don Quijote (aunque teniendo en cuenta que es un personaje ficticio, es lógico). Desde Cervantes, pasando por Larra hasta Delibes o incluso más actuales. Siempre el ocio ha sido la lectura. ¿Qué es ahora? La televisión, el botellón (otro tema a debatir, el alcohol en la actualidad...)... ¿Qué ha sido de la cultura? ¿Es que Dios la ha guardado en el cajón de su mesilla y la ha quitado de nuestro alcance? Esto ya es cosa nuestra, de las tecnologías, es demasiado esfuerzo hacer algo sin ayuda de los "ceros y unos". Empezando por el vocabulario, que se debe haber quedado abandonado en una zanja en mitad del campo, pasando por la ortografía y la sintaxis y terminando con la cultura en general. Cultura que de vez en cuando puede proporcionar un libro. Y no me refiero a "Mortadelo y Filemón" (como cómic español) o "Mafalda" (como argentino), aunque el humor de vez en cuando tampoco está de más. Y existe el concepto erróneo de que todos los libros cuentan historias irrelevantes y aburridas, no es así. Un libro cuenta muchas historias, y no todos son iguales. Pasando por la novela policiaca, la amorosa, la de misterio y aventuras... no está tan mal.
Puesto a la práctica, ¿qué pasa cuando dices, "he leído un libro"? La cara de tu oyente puede ser un verdadero "Cristo" y un crisol (refiriéndose a una gran cantidad) de muecas. No se lleva, no. En cambio, si cambias un poco las palabras: "he ido a un botellón". Cambia la categoría de una forma para dejar boquiabierto al menos impresionable. Un libro es una fuente inagotable de cosas por descubrir, y sólo se descubre leyendo, en un botellón, no se aprende lo mismo, e incluso son compatibles. No me refiero a leer en un botellón (porque las condiciones visuales al rato no son muy adecuadas), pero sí alternar (¡no en un club, guarretes!).
Desde aquí comienza la campaña para introducir la lectura de los jóvenes. Y como joven que soy, me pongo como ejemplo de que se puede ser divertido y sociable y leer. La cultura no es mala, ni siquiera puede ser amenazada de guillotina.
Para concluír escribo unos versos:
Era un trozo de papel abandonado
que la suerte ha olvidado en la sombra,
no quería cumplir la casta de "intocable"
pero la escuela no escuchó su legado...
¡A leer!
Visita inesperada
Esta mañana, no sé por qué, pero me ha dado un ataque de mirar por la ventana. Esta fotografía ilustra lo que se puede ver desde ella. Mis casi recién estrenadas macetas, están sufriendo ya algún que otro efecto del frío y están perdiendo la viveza que traían al comprarlas. Los árboles están empezando a perder sus hojas, y las que aún siguen en pie, no guardan el color verde vivo que se deja ver todos los veranos. La calzada está mojada, al igual que las aceras, y más de un peatón recurre a los paragüas, aunque parezca que de momento el temporal no arrecia. El cielo es todo nubes. Los edificios parecen mucho más señoriales con este clima. Parece que en vez de estar viviendo en Salamanca estuviera viviendo en una ciudad de mucho más prestigio, además de más al Norte. Quizá Santander, Oviedo... Pero esta piedra de Villamayor (así se llama la piedra de aquí) da un toque de elegancia y prestancia, además de una solidez impensable.
Pero es entonces cuando me doy cuenta de algo: tenemos una visita inesperada y, para algunos, bastante inoportuna. Octubre viene a visitarnos. Ya se nos acabó ese mes de septiembre, el mes de las moras, aún descriptible como verano... y llega octubre. ¡Qué mes más triste! Es un mes básicamente otoñal, las hojas se caen, hay abundantes lluvias... no es uno de los meses más queridos, no... Pero llega y nadie lo puede evitar (¡Quién tuviera ese poder!). Aguantaremos con resignación cristiana, mirando por la ventana y viendo lo mismo que veo yo; la alegría casi perdida. ¿Pero por qué eso? La alegría debería permaneces también durante este mes, la apatía es algo que no puede con nuestra mente.
Por eso, seamos felices, que el tiempo no influya sobre nosotros y bienvenido, octubre.
Pero es entonces cuando me doy cuenta de algo: tenemos una visita inesperada y, para algunos, bastante inoportuna. Octubre viene a visitarnos. Ya se nos acabó ese mes de septiembre, el mes de las moras, aún descriptible como verano... y llega octubre. ¡Qué mes más triste! Es un mes básicamente otoñal, las hojas se caen, hay abundantes lluvias... no es uno de los meses más queridos, no... Pero llega y nadie lo puede evitar (¡Quién tuviera ese poder!). Aguantaremos con resignación cristiana, mirando por la ventana y viendo lo mismo que veo yo; la alegría casi perdida. ¿Pero por qué eso? La alegría debería permaneces también durante este mes, la apatía es algo que no puede con nuestra mente.
Por eso, seamos felices, que el tiempo no influya sobre nosotros y bienvenido, octubre.
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